Una noche mágica.
Teníamos tan sólo 17 años, aún no terminábamos el colegio, pero sentía que él era el hombre de mi vida y sin duda lo mejor que me había pasado.
Empezamos a pololear ese mismo día mientras caía la tarde. El vivía en Maipú y yo en La Florida asi por lo que nos veíamos sólo cuando podíamos y no todo lo que hubiésemos querido, así la plaza donde nos dimos el primer beso se volvió nuestro lugar de encuentro más habitual y vernos, y de uniforme escolar, lo mas común.
Recuerdo que lo acompañé a un par de fiestas en su colegio y él fue a un par de fiestas del mío, pero siempre era igual, nuestros amigos nos miraban y se sonreían. No sé cómo pero todos conocían la historia. Para todo el mundo éramos la pareja perfecta, casi de cuento y realmente así me sentía. Todo era un sueño. Teníamos los mismos gustos, nos interesaban los mismos temas y nos reíamos tanto juntos que el tiempo siempre se nos pasaba volando. Todo era perfecto y, aunque lo he intentado, aun no encuentro algo en él que no me agradara, estaba totalmente enamorada.
Así pasamos 6 meses, sumergidos en un cuento de hadas casi real, hasta que llegó el evento más importante del año: mi fiesta de graduación de 4to medio, a la cual yo iría vestida de princesa del brazo de mi príncip e azul.
Por primera vez en mi vida dejaba de lado el pelo desordenado, la comodidad de mis zapatillas y los jeans para dejar que mi papá cumpliera su sueño de verme disfrazada de señorita. Nunca antes hubo una ocasión en que me arreglara tanto como esa vez. Vestido negro, ceñido al cuerpo, eternamente largo hasta el suelo pero con los hombros descubiertos y guantes, de coqueto encaje negro hasta más arriba de los codos. En vez de mis zapatillas, tacones, ¿yo con tacones? ¡JA! Lo confieso, estuve toda una semana practicando cómo caminar y cómo caer dignamente, si fuera necesario. El pelo tomado en un moño como esos de revista, con tanta laca y
horquillas que lo sentía como un casco militar, pero mientras no se cayera en medio de la fiesta no importaba.
Claudia, la hermana mayor de Carola, mi amiga, que entonces estudiaba cosmetología, se preocupó del maquillaje poniendo especial acento en mis ojos almendrados.
Cuando mi mamá avisó que Hugo había llegado se me apretó tanto el estómago que me pareció flotar dentro del ceñido vestid o. Lidiando con los tacones y el largo del vestido, salí al jardín; ahí me esperaba Hugo, vestido impecablemente en un traje negro con una corbata con líneas verdes y azules, sus ojos brillantes, en su cara una sonrisa y en su mano, una rosa roja, que esta vez no era robada.
Al verme se quedó boquiabierto. Yo también. Caminó hacia mi mirándome directo a los ojos, me tomó la mano y me dio una vuelta para verme completa. Luego me abrazó y pasando la rosa por mis labios me dijo
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eres un sueño...– Como siempre, Hugo me dejaba sin palabras así que esta vez fui yo quien lo besó.Así, él de príncipe de cuento y yo de princesa encantada, nos fuimos a la fiesta que sería en el Casino de las Vizcachas, nada podía ser mejor, todo era perfecto.
(Continua aqui...)





Kiux sandrunk!!
ResponderSuprimirViste hasta q pase.. uff...
me le demore su poco , pero si vine
:)
Y vi la propaganda jajaja